Tan sólo los invitó a pensar en otros mundos, otros sueños y otras realidades que rompan con la cotidianidad sofocante de nuestros tiempos.


Sí fuéramos artistas, cantantes y escritores en las escuelas no existirías tableros ni pupitres sino lienzos, pinturas y pinceles para pintar nuestros deseos y sueños.

En las escuelas y colegios no habrían aulas, pero si instrumentos para interpretar las letras de los pentagramas que nosotros mismos escribiríamos a partir de aquello que queremos y deseamos como niños o jóvenes.

En las escuelas y colegios no habría tareas difíciles pues las matemáticas y la física se enseñarían a través de historias, canciones y pinturas inspiradas en el ocaso y los horizontes de las montañas.

Los aparatos electrónicos no serían las nuevas extensiones de nuestro cuerpo sino herramientas para compartir nuestras ideas, canciones, poesías, libros y pinturas.

Sí fuéramos artistas, cantantes y escritores la vida sería una Utopía que todos los días construiríamos para seguir soñando. Sería como un libro que se terminaría de escribir cuando nuestro deber cumplido en la vida haya culminado, pero el cual sería inspiración para nuestros hijos y nietos.

Las cosas más sencillas se convertirían en novelas fantásticas que ganarían cada año.

Nadie se creerá mejor, pero si diferentes por las formas de escribir canciones y la manera distinta de interpretar el mundo a través de los senderos de la experiencia.

En lugar de mirar televisión y renegar con nuestros viejos, creeríamos y respetaríamos todas las prácticas y narrativas que se han construido en nuestros hogares. Insistiríamos en que nuestros abuelos nos recuenten sus historias y anécdotas para compartirlas con nuestros amigos, en los andenes de las casas.

Sonreiríamos más de 48 veces al día, pues el buen humor vencería al aburrimiento cada vez que interpretáramos un instrumento musical, dibujaríamos o cantaríamos estrofas que se burlarían de nuestros cacharros o desaciertos.

A través de las historias valoraríamos los sentidos y experiencias particulares que están relacionadas con lo simbólico, lo ritual y las creencias de nuestros abuelos.

Tendríamos un arraigado sentido de pertenencia y un apego más sincero y de agradecimiento con nuestra cultura, la naturaleza y la vida.

Todos los días esperaríamos nuevos amaneceres y atardeceres para inspirarnos en las esperanzas de tener la dicha de vivir y compartir con todos  nuestros amigos y vecinos. Todos los días, pintaríamos dibujos de agradecimiento con la vida y con Dios.

Nuestros atardeceres serían el motivo para escribir historias maravillosas de duendes y lugares encantados que reinan en nuestro corazón.

Sí fueramos artistas, cantantes y escritores no tendríamos miedo porque lo venceríamos a través de las palabras que se convertirían en danzas que nos darían fortaleza y valentía.

Seriamos escribanos románticos que enamoraríamos al amor con poesías inspiradas en los pétalos de las flores multicolor.

Nos importarían los sentimientos, consentiríamos a las flores porque sus pétalos decidirían nuestras historias de amor y permitirían que nunca desaparezcan las canciones de amor, ni los poetas.

Las mujeres de nuestro pueblo serían las más amadas porque solo mirarían y escucharían versos y estrofas de escritores de vocación con alma de cantantes y cuerpo de artistas.

Sí fuéramos artistas, cantantes y escritores caminaríamos y nos reuniríamos con los vecinos por los caminos destapados, los callejones y las carreteras de nuestros campos. Daríamos prioridad, valor de respeto y verdad a la palabra.

Sí fuéramos artistas, cantantes y escritores, los pupialeños seriamos los hombres y mujeres más felices del mundo porque no tendríamos reprimidos nuestros talentos y habilidades.

Si tan sólo los de Pupialeños fuéramos artistas, cantantes y escritores